Rescatada de la web: agujetasnativos 2002
Este texto, conocido como Carta abierta de un jefe indio, se atribuye a Dan George, jefe de la tribu Capilano de la Columbia Británica (Canadá), actor, poeta y una de las voces indígenas más respetadas del siglo XX.
La carta fue leída públicamente en enero de 1975 por el misionero André Pierre Steinman durante un coloquio sobre desarrollo económico del Ártico y el futuro de las sociedades inuit en Puvirnituq (Nuevo Quebec). No era un discurso político al uso. Era algo más incómodo: un relato humano contado desde la pérdida.
Dan George utiliza una frase demoledora para abrir el texto:
“Yo nací hace mil años”
No habla de edad. Habla de ruptura. De haber nacido en una cultura conectada con la naturaleza —arco, río, canto, gratitud— y haber sido empujado, en apenas media vida, a un mundo industrial, acelerado y ajeno.
No idealiza el pasado. Describe el choque. La sensación de quedar fuera del tiempo, de no pertenecer a ningún sitio.
Uno de los ejes más potentes de la carta no es la pobreza material, sino la pérdida de dignidad:
Dan George lanza una pregunta incómoda que sigue vigente hoy:
¿Sabéis lo que es vivir en un mundo feo?
Para él, la belleza no es decoración. Es alimento del alma. Cuando desaparece el vínculo con la tierra, con la identidad y con el respeto, lo que se rompe no es la economía: es el ser humano.
La carta desmonta una idea muy extendida: integrar no es absorber.
Dan George describe una escena sencilla y brutal: el recreo de una escuela “integrada”. Dos grupos. Separados. En silencio. Sin mezcla real.
Y plantea la pregunta clave:
¿Se puede hablar de integración cuando no hay integración de los corazones y de los espíritus?
No pide caridad. No pide privilegios. Reclama respeto, igualdad de oportunidades y el cumplimiento de los tratados firmados. Recuerda que los derechos indígenas no son regalos, son compromisos.
El cierre de la carta es tan claro como incómodo:
“No pretendemos que nos den una mano, queremos que nos la quiten de encima.”
No es rechazo al otro. Es rechazo a la tutela constante, al paternalismo que anula, a la ayuda que humilla.
Dan George no habla solo en nombre de los pueblos indígenas. Habla por cualquier cultura, colectivo o persona a la que se le ha dicho, directa o indirectamente, que no vale.
Han pasado cincuenta años y la carta sigue circulando porque toca algo esencial:
En un mundo que vuelve a hablar de sostenibilidad, inclusión y diversidad, conviene recordar esta advertencia: no todo avance es progreso si deja personas atrás.
Cada vez que te cruces con un hijo de otro pueblo, de otra cultura o de otra historia, recuerda las palabras de Dan George:
“Respetadlos como lo que son: hijos míos y hermanos vuestros.”
Eso, y no otra cosa, es empezar a integrar de verdad.
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